EL NERÓN MEXICANO por Denisse Dresser
Reforma, 28 de agosto de 2006.
EL NERÓN MEXICANO
Un periodista le pregunta a Vicente Fox cómo se siente al final de su
sexenio. Y el Presidente responde: "Como un campeón, como todo un
campeón, cerramos bien". El Nerón mexicano, contemplando cómo arde la
ciudad, regocijándose con la belleza de las flamas mientras toca la
lira. Diciendo que se siente "muy ligerito". Hablando, una y otra vez,
del país perfecto gobernado por instituciones impolutas. Interviniendo,
una y otra vez, con declaraciones que provocan en vez de reconciliar .
Gritando "Viva, viva, viva" mientras México se encamina lamentablemente
a una confrontación mayor sin solución evidente, sin final feliz. Y el
responsable, en gran medida, de ese desenlace hoy lo celebra.
México está en marcha, dice el Presidente que contribuyó a paralizarlo .
México está en paz, supone el hombre que lo recibió así pero no lo
entregará de la misma manera . El conflicto postelectoral se reduce a
una calle , afirma un supuesto hombre de Estado que no supo ni sabe cómo
serlo. Actuaré cuando tenga que actuar, sugiere quien desde hace un buen
tiempo ha minado el monopolio de la violencia legítima. El culpable de
un momento histórico despilfarrado; el Presidente de un gobierno de
transición desaprovechado; el artífice de un entrometimiento mediático
en la campaña electoral, que lleva a demasiados mexicanos a
cuestionarla. Regodeándose, congratulándose, alabándose a sí mismo
cuando ha contribuido a producir la tensión que ahora ignora. Alguien
cuyas acciones y omisiones crearon las condiciones para un incendio
político que actualmente nadie sabe cómo apagar.
Si Vicente Fox hubiera emprendido la revitalización de las
instituciones, AMLO no hablaría de refundarlas tajantemente . Si Vicente
Fox hubiera apoyado la reforma del Estado, AMLO no propondría su
destrucción. Si Vicente Fox hubiera gobernado en función del interés
público, AMLO no fustigaría la imposición de los intereses privados. Si
Vicente Fox no hubiera puesto a las instituciones al servicio del
desafuero, AMLO no podría descalificarlas un día sí y al siguiente
también . Si Vicente Fox no hubiera inundado al país con sus spots,
muchos mexicanos no cuestionarían la equidad de la contienda ni
exigirían su anulación. Si Vicente Fox no hubiera producido un vacío de
poder, AMLO no podría llenarlo y para mal como lo hace en estos días.
Uno cometiendo errores y el otro aprovechándolos. Uno barnizando con
gasolina la puerta carcomida y el otro incendiándola. La causa y la
consecuencia. El problema y el síntoma.
El movimiento contestatario y confrontacional que AMLO ha logrado armar
existe -en buena medida- por todo aquello que Vicente Fox tendría que
haber hecho y no hizo . Por todo lo que tendría que haber atendido e
ignoró. Por todo lo que tendría que haber empujado y postergó. La
necesidad de renovar el andamiaje institucional, en vez de sólo
aplaudirlo. La necesidad de reformas que permitieran la construcción de
mayorías legislativas estables, en vez de la apuesta a la colaboración
ad hoc con el PRI. La necesidad de reformas que fomentaran la
competencia en sectores cruciales , en vez de obstaculizarla como
ocurrió con la ley Televisa. La necesidad de enfrentar a actores
atrincherados en el mundo sindical, en vez de fomentar acuerdos
subrepticios con ellos y después pagar el precio por ello. La necesidad
de comportarse como el Presidente de todos, en vez de actuar a lo largo
de la campaña como el principal porrista del PAN. Vicente Fox odia a
Andrés Manuel López Obrador, pero ha contribuido a su existencia.
Por tantos errores cometidos, tantas oportunidades perdidas, tantas
llamaradas alimentadas. Las ambiciones de Marta Sahagún y el tiempo que
México perdió especulando en torno a ellas. La preocupación presidencial
con la popularidad como un mecanismo de gobernabilidad. La obsesión por
promover "las reformas estructurales que el país necesita" sin pensar en
cómo construir consenso social o político para ellas. La aventura
desafortunada del desafuero y la desconfianza entre la izquierda que
tanto nutrió. La frivolidad, los excesos, la complacencia, la vida
política del país conducida por alguien sentado en un balcón,
abanicándose desde allí . Y que cuando finalmente actúa, lo hace de la
peor manera . Con parcialidad. Con impericia. Entrometiéndose en una
elección cuya defensa ha dificultado. Sacralizando instituciones que
distan de ser tan perfectas como las presenta. De nuevo, ignorando la
realidad que lo rodea mientras se dedica a alabarla.
Por eso ahora que llama a la concordia, muchos no quieren escuchar. Por
eso ahora que convoca al diálogo respetuoso, muchos recuerdan cuando él
mismo lo saboteó. Por eso cuando invoca el espíritu de concordia de
Javier Barros Sierra, su propia hija rechaza la comparación. Por eso
cuando dice que "no hay cabida para las imposiciones", muchos recuerdan
las de Marta Sahagún . Por eso cuando argumenta que las leyes no pueden
estar sujetas a caprichos o intereses personales, muchos recuerdan cómo
lo estuvieron a lo largo del sexenio . Por eso cada vez que Vicente Fox
habla del país de instituciones sólidas, muchos se preguntan dónde
están. Más aún cuando el Presidente declara ganador claro -ante los
corresponsales alemanes- a Felipe Calderón antes de que el Tribunal
Electoral lo haya hecho. La Presidencia paralizada que después se
convirtió en la Presidencia parcial y por ello ha perdido la capacidad
para actuar como bombero. Para apagar fuegos en lugar de contribuir a su
expansión.
Por eso es tan preocupante que insista tanto en ir al Congreso a rendir
su último Informe, cuando bien podría enviarlo por escrito . Por eso es
tan controvertido que se empeñe en dar el grito en el Zócalo, cuando
bien podría hacerlo en Dolores . Por eso es tan delirante que algunos
exijan que se comporte como un "auténtico jefe de Estado" con el uso de
gases lacrimógenos. Por eso es tan peligroso que algunos pidan su
intervención decidida mediante el uso de la fuerza pública, cuando ha
demostrado su incapacidad para hacerlo sin violencia en otras
coyunturas. Por eso es tan estremecedor leer lo que declara en una
entrevista con The New York Times: "No puedo anticipar las cosas. Pero
cuando las cosas sucedan, asumiré mi responsabilidad". Porque con ello,
parece sugerir que su responsabilidad es dejar de tocar la lira y
montarse en la tanqueta. Confrontar. Exacerbar. Satisfacer las demandas
populares de contención y retribución. Actuar tal y como lo hizo Nerón
con los cristianos después del gran incendio en Roma. Crucificando a sus
adversarios para después terminar chamuscado por la violencia que
desató.
EL NERÓN MEXICANO
Un periodista le pregunta a Vicente Fox cómo se siente al final de su
sexenio. Y el Presidente responde: "Como un campeón, como todo un
campeón, cerramos bien". El Nerón mexicano, contemplando cómo arde la
ciudad, regocijándose con la belleza de las flamas mientras toca la
lira. Diciendo que se siente "muy ligerito". Hablando, una y otra vez,
del país perfecto gobernado por instituciones impolutas. Interviniendo,
una y otra vez, con declaraciones que provocan en vez de reconciliar .
Gritando "Viva, viva, viva" mientras México se encamina lamentablemente
a una confrontación mayor sin solución evidente, sin final feliz. Y el
responsable, en gran medida, de ese desenlace hoy lo celebra.
México está en marcha, dice el Presidente que contribuyó a paralizarlo .
México está en paz, supone el hombre que lo recibió así pero no lo
entregará de la misma manera . El conflicto postelectoral se reduce a
una calle , afirma un supuesto hombre de Estado que no supo ni sabe cómo
serlo. Actuaré cuando tenga que actuar, sugiere quien desde hace un buen
tiempo ha minado el monopolio de la violencia legítima. El culpable de
un momento histórico despilfarrado; el Presidente de un gobierno de
transición desaprovechado; el artífice de un entrometimiento mediático
en la campaña electoral, que lleva a demasiados mexicanos a
cuestionarla. Regodeándose, congratulándose, alabándose a sí mismo
cuando ha contribuido a producir la tensión que ahora ignora. Alguien
cuyas acciones y omisiones crearon las condiciones para un incendio
político que actualmente nadie sabe cómo apagar.
Si Vicente Fox hubiera emprendido la revitalización de las
instituciones, AMLO no hablaría de refundarlas tajantemente . Si Vicente
Fox hubiera apoyado la reforma del Estado, AMLO no propondría su
destrucción. Si Vicente Fox hubiera gobernado en función del interés
público, AMLO no fustigaría la imposición de los intereses privados. Si
Vicente Fox no hubiera puesto a las instituciones al servicio del
desafuero, AMLO no podría descalificarlas un día sí y al siguiente
también . Si Vicente Fox no hubiera inundado al país con sus spots,
muchos mexicanos no cuestionarían la equidad de la contienda ni
exigirían su anulación. Si Vicente Fox no hubiera producido un vacío de
poder, AMLO no podría llenarlo y para mal como lo hace en estos días.
Uno cometiendo errores y el otro aprovechándolos. Uno barnizando con
gasolina la puerta carcomida y el otro incendiándola. La causa y la
consecuencia. El problema y el síntoma.
El movimiento contestatario y confrontacional que AMLO ha logrado armar
existe -en buena medida- por todo aquello que Vicente Fox tendría que
haber hecho y no hizo . Por todo lo que tendría que haber atendido e
ignoró. Por todo lo que tendría que haber empujado y postergó. La
necesidad de renovar el andamiaje institucional, en vez de sólo
aplaudirlo. La necesidad de reformas que permitieran la construcción de
mayorías legislativas estables, en vez de la apuesta a la colaboración
ad hoc con el PRI. La necesidad de reformas que fomentaran la
competencia en sectores cruciales , en vez de obstaculizarla como
ocurrió con la ley Televisa. La necesidad de enfrentar a actores
atrincherados en el mundo sindical, en vez de fomentar acuerdos
subrepticios con ellos y después pagar el precio por ello. La necesidad
de comportarse como el Presidente de todos, en vez de actuar a lo largo
de la campaña como el principal porrista del PAN. Vicente Fox odia a
Andrés Manuel López Obrador, pero ha contribuido a su existencia.
Por tantos errores cometidos, tantas oportunidades perdidas, tantas
llamaradas alimentadas. Las ambiciones de Marta Sahagún y el tiempo que
México perdió especulando en torno a ellas. La preocupación presidencial
con la popularidad como un mecanismo de gobernabilidad. La obsesión por
promover "las reformas estructurales que el país necesita" sin pensar en
cómo construir consenso social o político para ellas. La aventura
desafortunada del desafuero y la desconfianza entre la izquierda que
tanto nutrió. La frivolidad, los excesos, la complacencia, la vida
política del país conducida por alguien sentado en un balcón,
abanicándose desde allí . Y que cuando finalmente actúa, lo hace de la
peor manera . Con parcialidad. Con impericia. Entrometiéndose en una
elección cuya defensa ha dificultado. Sacralizando instituciones que
distan de ser tan perfectas como las presenta. De nuevo, ignorando la
realidad que lo rodea mientras se dedica a alabarla.
Por eso ahora que llama a la concordia, muchos no quieren escuchar. Por
eso ahora que convoca al diálogo respetuoso, muchos recuerdan cuando él
mismo lo saboteó. Por eso cuando invoca el espíritu de concordia de
Javier Barros Sierra, su propia hija rechaza la comparación. Por eso
cuando dice que "no hay cabida para las imposiciones", muchos recuerdan
las de Marta Sahagún . Por eso cuando argumenta que las leyes no pueden
estar sujetas a caprichos o intereses personales, muchos recuerdan cómo
lo estuvieron a lo largo del sexenio . Por eso cada vez que Vicente Fox
habla del país de instituciones sólidas, muchos se preguntan dónde
están. Más aún cuando el Presidente declara ganador claro -ante los
corresponsales alemanes- a Felipe Calderón antes de que el Tribunal
Electoral lo haya hecho. La Presidencia paralizada que después se
convirtió en la Presidencia parcial y por ello ha perdido la capacidad
para actuar como bombero. Para apagar fuegos en lugar de contribuir a su
expansión.
Por eso es tan preocupante que insista tanto en ir al Congreso a rendir
su último Informe, cuando bien podría enviarlo por escrito . Por eso es
tan controvertido que se empeñe en dar el grito en el Zócalo, cuando
bien podría hacerlo en Dolores . Por eso es tan delirante que algunos
exijan que se comporte como un "auténtico jefe de Estado" con el uso de
gases lacrimógenos. Por eso es tan peligroso que algunos pidan su
intervención decidida mediante el uso de la fuerza pública, cuando ha
demostrado su incapacidad para hacerlo sin violencia en otras
coyunturas. Por eso es tan estremecedor leer lo que declara en una
entrevista con The New York Times: "No puedo anticipar las cosas. Pero
cuando las cosas sucedan, asumiré mi responsabilidad". Porque con ello,
parece sugerir que su responsabilidad es dejar de tocar la lira y
montarse en la tanqueta. Confrontar. Exacerbar. Satisfacer las demandas
populares de contención y retribución. Actuar tal y como lo hizo Nerón
con los cristianos después del gran incendio en Roma. Crucificando a sus
adversarios para después terminar chamuscado por la violencia que
desató.

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